mar

30

nov

2010

NEGARSE A UNO MISMO

NEGARSE A UNO MISMO

Por Charles G. Finney

 

 

"Y decía a todos: 'Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a si mismo, tome su cruz cada día, y sígame'" (Lucas 9:23).

 

 

A fin de comprender esta solemne declaración de nuestro Señor hay que decidir un punto de capital importancia y es: "¿En qué consiste la verdadera idea de tomar la cruz y negarse uno a sí mismo?"


Está pregunta presupone la existencia de apetitos y propensiones que apelan a la indulgencia, a la vida fácil y muelle, y luego significa, de modo evidente, que en algunos casos esta indulgencia debe ser rehusada. Este es el punto preciso del texto; un hombre que quiere seguir a Cristo debe negarse a sí mismo en el sentido de negarse la satisfacción de todos los apetitos y propensiones, siempre y cuando estas satisfacciones sean prohibidas por la ley del amor. Dentro de los límites de la ley de Dios, estos apetitos de nuestra constitución pueden ser permitidos; más allá de estos límites, deben ser denegados. En cualquier punto en que vayan en contra de la ley del amor a Dios o el amor a los hombres, deben ser negados.


Lo que pide, por tanto, la ley del reino de Cristo es que consultes y obedezcas la voluntad de Cristo en todo este asunto de la indulgencia para con uno mismo; que no obedezcas a los deseos o apetitos -- que nunca satisfagas tu amor a la aprobación -- nunca busques forma alguna de disfrute personal en desobediencia a Cristo. No debes hacer esto nunca cuando sabes cuál es tu deber, pues de lo contrario desagradarás a Dios, ya que es evidente que El tiene el derecho de controlar todas tus potencias.

Bajo este principio tienes que hacer todo tu deber hacia tu prójimo, sea hacia sus cuerpos o a sus almas, negando todos los deseos y tendencias mundanas que podrían entrar en conflicto con tu deber, haciendo de Jesucristo mismo tu modelo y que su expresa voluntad sea tu regla perpetua de conducta.


Muchos van a preguntarse: ¿Por qué exige Cristo de nosotros este negarse a uno mismo?

 

¿Es porque Dios quiere ver que nos mortificamos, porque tiene placer en que crucifiquemos nuestra sensibilidad al goce, que él mismo nos ha dado? De ninguna manera. La verdadera respuesta hay que hallarla en el hecho de que El nos ha hecho seres morales y racionales: nuestras facultades racionales están planeadas para controlar nuestras actividades voluntarias, y nuestra naturaleza moral para hacernos responsables del control de nosotros mismos que Dios requiere. En los órdenes inferiores de la creación que nos rodea, vemos animales exentos de responsabilidad moral, porque son irracionales e incapaces de acción moral responsable. Para ellos, la tendencia natural es la ley, porque no conocen otra. Pero nosotros tenemos una ley más elevada para obedecer. El mayor bien de los animales es proporcionado por su obediencia a la mera ley física; pero no es así con nosotros. Nuestros sentidos son ciegos moralmente y por tanto Dios nunca quiso que rigieran nuestra vida. Para proporcionarnos una regla apropiada, Dios nos dio la inteligencia y la conciencia. El apetito, por tanto, no puede ser nuestra regla, en tanto que es y tiene que ser la regla de todos los animales inferiores, irracionales.


Ahora bien, es un hecho que nuestros sentidos no están en armonía con nuestra conciencia, y que a veces piden indulgencia o placer cuando, tanto la razón como la conciencia, lo prohíben.


Si nos entregamos al dominio del apetito y de los sentidos sin norma o criterio, sin duda vamos a perder el camino. Estos apetitos crecen cuando se les mima; un hecho que por sí mismo explica por qué Dios nunca quiso que fueran nuestra regla. A veces se forman apetitos artificiales, de tal naturaleza que sus efectos son en extremo perniciosos.

En estos casos somos lanzados a un estado de guerra. Nuestros apetitos nos hacen apelación constante, reclamando indulgencia y libertad, y la ley de Dios y la voz de nuestra razón, hacen apelación constante contra los sentidos, instándonos a que nos neguemos a nosotros mismos y hallemos nuestro bien supremo en la obediencia a Dios. Dios y la razón requieren que nos abstengamos y resistamos las peticiones del apetito de modo serio y firme. Notemos aquí que Dios no requiere esta resistencia, sin al mismo tiempo prometernos ayuda en el conflicto. Es notable la forma en que la resuelta oposición a los apetitos en el nombre de Cristo, bajo las exigencias de la conciencia, permitirá claramente vencerlos. Ocurren casos, con frecuencia, en los cuales los apetitos más despóticos y exigentes han sido dominados por la voluntad, bajo los mandatos de la conciencia y con la ayuda de Dios. Al instante yacen subyugados y la conciencia queda en paz y sosiego.


Vamos a considerar aquí con atención el hecho que nos damos cuenta de tener una naturaleza espiritual y moral además de la física. Tenemos una conciencia, y tenemos afectos referentes a Dios, como también los tenemos respecto a las cosas terrenas. Hay una hermosura en la santidad, y hay cosas relacionadas con nuestros gustos espirituales como los hay a los físicos. Bajo el propio cuidado y esfuerzo, nuestra naturaleza física se desarrolla hacia los objetos terrenos. Somos seres sociales en nuestras relaciones terrenas, y no menos en nuestra naturaleza espiritual. Somos sociales espiritualmente lo mismo que físicamente, aunque no nos demos cuenta de ello, porque nuestra sociabilidad espiritual puede haber quedado sin cultivar y sin desarrollar. Pero necesitamos realmente comunión divina o espiritual con Dios, comunión social con nuestro Hacedor. Antes de la regeneración, nuestra capacidad moral era un yermo, un desierto. Todos los hombres tienen conciencia y puede que se den cuenta de ello, pero no tienen afecto espiritual hacia Dios y por ello suponen que la religión es algo muy seco. No pueden ver cómo pueden gozar de la presencia de Dios y de la oración. Están despiertos a la comunión y amistad terrenas, pero muertos a la comunión y amistad con Dios. Su amor en la forma de afecto ha sido atraído hacia los hombres, pero no hacia Dios. Parece que no se dan cuenta de que tienen una naturaleza capaz de ser desarrollarla en afectos de amor hacia su divino Padre. De aquí que no vean cómo pueden gozar de la religión y sus deberes religiosos. La frialdad de la muerte entra en sus almas cuando piensan en ello.


Este lado espiritual de nuestra naturaleza necesita ser cultivado. Ha estado abandonado largo tiempo, y aplastado, y tiene una gran necesidad de ser levantado. Pero para conseguirlo y desarrollar el lado espiritual de nuestra naturaleza, es indispensable que el lado mundano sea aplastado y rebajado. Porque la carne es un peligroso enemigo de la gracia. No hay armonía, sino antagonismo y repulsión entre los afectos terrenos y los celestiales. A menos que subyuguemos la carne, moriremos. Y sólo cuando mortificamos las obras del cuerpo, por medio del Espíritu, podemos vivir.

La iglesia de Roma en épocas pasadas se distinguió por las mortificaciones a la carne, externamente consideradas. Estas mortificaciones fueron eliminadas en el mundo protestante, y con ello se fue al extremo opuesto. Entre todos los sermones protestantes que he escuchado, no recuerdo ni uno sobre el tema de llevar la cruz y negarse a uno mismo. He de creer que este tema es descuidado en gran manera en nuestras iglesias protestantes. La Roma papal llegó a extremos desbocados con esta idea; los protestantes parecen que por temor de este extremo han caído en el opuesto. Por tanto, necesitamos hacer un esfuerzo especial para evitar esta tendencia y entrar en razón, sentido y en la Escritura.


Hasta que me convertí nunca supe que tenía afectos religiosos. No sabía, incluso, que tenía alguna capacidad para emociones espontáneas, profundas, que fluyeran hacia Dios. Esto era una ignorancia oscura y pavorosa, y es fácil suponer que conocía muy poco gozo real en tanto que mi alma estaba en perfecta ignorancia de la misma idea de gozo espiritual real. Pero veo que esta ausencia de ideas correctas sobre Dios no es rara. Si buscamos encontraremos que ésta es la experiencia común de las personas no convertidas.


Todos sabemos que la satisfacción de la naturaleza animal es el placer: no placer o goce de la clase más elevada, pero una forma de placer. Cuanto más gozosas van de ser las satisfacciones de nuestros afectos morales más nobles. Cuando el alma llega a un festín en sus afectos espirituales empieza a saborear la felicidad real, ¡una felicidad como la del cielo! Temo que muchos no han comprendido lo que la Biblia quiere decir con "bienaventuranza".


Ahora hemos de considerar bien que este lado espiritual de nuestra naturaleza puede ser desarrollado y satisfecho sólo por medio de una benevolente negación o contrariedad de nuestros apetitos, un contrariar los apetitos bajo las exigencias de la benevolencia real hacia nuestros prójimos y hacia Dios. Este debe ser nuestro objetivo; porque si hacemos de nuestra felicidad personal nuestro objetivo, nunca vamos a alcanzar el goce exaltado de la verdadera comunión con Dios.


Es curioso ver cómo la sensibilidad se relaciona con el negarse a uno mismo, de modo que el negarnos a nosotros mismos, por motivos rectos, pasa a ser el medio natural y necesario de desarrollar nuestros afectos espirituales. Empezando con el temar la cruz, uno va, paso a paso, amortiguando las autocomplacencias, las autosatisfacciones, y abriendo más y más su corazón a la comunión con Dios y a la experiencia más madura de su amor.


Una nueva razón por la que los hombres deberían negarse a sí mismos es que es intrínsecamente recto. Los apetitos inferiores no deberían regirnos; las leyes más elevadas de nuestra naturaleza sí deben hacerlo. La evidencia de esto es simplemente la evidencia que prueba que el deber de seres creados racionalmente es usar su razón, y no degradarnos al nivel de las bestias.


Otra razón es que podemos permitírnoslo, pues vamos a salir penados con ello. Admito que cuando nos resistimos y nos negamos a las exigencias de la auto indulgencia, la cosa va contra la "felicidad" de modo directo; pero en el lado espiritual ganamos inmensamente, mucho más de lo que perdemos. La satisfacción que conseguimos del negarnos a nosotros mismos es preciosa. Es rica en calidad y profunda y ancha como el océano en su importancia.


Muchos piensan que si han de hallar placer han de buscarlo directamente y hacer de ello un objetivo directo, buscándolo, además, en la satisfacción de sus apetitos. No conocen otra forma de felicidad que ésta. Parece que nunca han concebido la idea de que el gozar es realmente el negarse a sí mismos, plenamente, según las exigencias de la razón, Io recto, y la voluntad revelada de Dios. Con todo, ésta es la ley más esencial de la verdadera felicidad. Donde se empieza a evitar la cruz, allí termina la verdadera religión. Puedes orar en tu familia, puedes reprobar el pecado dondequiera que te ofenda, y puedes hacer todo esto sin un negarte a ti mismo cristiano; pero mientras vives en hábitos de auto indulgencia, no puedes defender a Cristo dando la cara y hacer tu deber en todas partes con vigor, y especialmente te hallarás debilitado cuando el camino del deber te conduzca a lugares en que sean heridos tus sentimientos. Y nadie puede esperar escaparse de este tipo de situaciones siempre. Si quieres mantenerte en el camino del deber sin desviarte, y gozar de la vida real y la bienaventuranza, has de decidirte a negarte a ti mismo cuando Dios y la razón te lo pidan, y plenamente, hasta donde te sea demandado. De este modo ganarás más de Io que vas a perder. Si estás resuelto y decidido tu camino será fácil y gozoso.


Ocurre a veces que la corriente total de los sentimientos de un cristiano es hacia la auto indulgencia, de modo que si se le permite que se guíe por sus sentimiento sin duda terminará en un naufragio del alma. Dios, por su parte, le encierra en la fe simple. Entonces, si sigue la guía del Señor, triunfará, y de repente su "alma será como los carros de Abinadab". Se encuentra en mi mente ahora el caso de un hombre que vivió una vez aquí. Después de un período de vida cristiana, salió de entre nosotros, se apartó de Dios gravemente, se volvió prácticamente un infiel, se hizo espiritista swedenborgiano, llegó a ser rico, y cuando uno podría suponer que había alcanzado las alturas de la felicidad terrena, y él mismo lo suponía, de repente entró en un período en que se sentía totalmente desgraciado. Se vio forzado a volver sobre sí mismo y se dijo: "He de volver a Dios y hacer su voluntad, toda ella, sea Io que sea, o de perecer." "Voy a extinguir toda afección del mundo", se dijo. "Nada que sea hostil a Dios va a ser tolerado por mí un momento." Tan pronto como hizo esto, toda su vida y sus goces en la religión regresaron de ello. Entonces su esposa y sus vecinos dijeron de él: "Es verdaderamente un nuevo hombre en Cristo Jesús." A partir de aquel día la paz de Dios rigió su corazón y la copa de su gozo fue llenada a rebosar. Cualquier hombre, por tanto, puede permitirse negarse a sí mismo, pues con ello abre su corazón a los goces de la vida inmortal y la paz. Este es el camino real de la felicidad.


Este punto explica muchos de los hechos de la experiencia cristiana que de otro modo parecen extraños. Aquí tenemos a un hombre que no puede orar delante de su familia. Inquiere más profundamente en su caso y probablemente hallarás que no puede gozar en ninguno de sus deberes religiosos. Inquiere más en la causa y hallarás que no se niega nada a sí mismo, que su vida está regida por las leyes de la auto indulgencia. ¿Cómo puede este hombre agradar a Dios así?


Otro no puede salir y confesar a Cristo delante de los hombres. La verdad es probablemente que no ha decidido negarse a sí mismo nada. Al contrario, a quien niega realmente es a Cristo. Esquiva la cruz. Ah, éste no es el camino del cielo. En este camino no se puede tener comunión con Dios. Pruébalo más veces y hallarás siempre el mismo resultado: no hay paz, no hay comunión con Dios.


Nuestro texto dice: "Tomad vuestra cruz diariamente." Y esto es lo que debes hacer. Este es el único camino posible para vivir santamente. Y debes hacerlo de modo firme, serio, continuo. Debe ser la obra de tu vida, excepto cuando haya un descanso al ganar una victoria substancial sobre tus tendencias a la auto indulgencia. Si un hombre intenta dominar su apetito por las bebidas alcohólicas y lo hace sólo en ocasiones, digamos un día o una semana, y luego se permite libertades entre estos períodos: ha de fracasar totalmente. Nunca va a conseguir nada a menos que tome su cruz diariamente y la lleve en todo tiempo. Debe perseverar en absoluto, o sus esfuerzos no servirán para nada. Precisamente, en proporción a lo estricto que sea en tomar su cruz, ésta va a hacerse más ligera y él más fuerte para llevarla. Cuando un hombre se permite fumar, cada día que se Io permite el tabaco le hace más esclavo. Al contrario, cada día que se abstiene le hace más fácil vencer. Si un hombre de modo resuelto declara: con la ayuda de Dios ninguna concupiscencia, ningún apetito va a dominar sobre mí, y luego se mantiene firme, saldrá vencedor. Aunque al principio emprendas esta obra temblando, si persistes, ganarás terreno. Estos apetitos van a poder menos cada vez en ti. El llevar la cruz te hará más fuerte para la tarea total de la vida cristiana.


El evitar la cruz agravia al Espíritu. Si descuidas tu deber, si dejas de orar en la familia, por el hecho quizá de que hay invitados presentes, puedes estar seguro que esto agravia al Espíritu de Dios. Satán echa estas tentaciones en tu camino, y tú le das toda clase de ventajas contra ti. Es posible que intentes orar en estas condiciones; pero, oh, ¡Dios no está contigo! Has estado en una situación en que debías haber hecho algunas cosas desagradables a la carne y a la sangre; te has escabullido de hacer tu deber; te has ido a la cama cuando debías hacer tu deber. ¿Qué ocurrió entonces a tu alma? No aparecieron espesas nubes que interceptaron la luz del rostro de Dios? ¿Tuviste el consuelo de su presencia? ¿Tuviste comunión con el Salvador? Haz una pausa, por un momento, y pide la respuesta a tu corazón.


Conclusión

1. En tanto que su sensibilidad religiosa no se ha desarrollado, la persona siente una fuerte atracción por los afectos del mundo. ¿Qué sabe de los afectos religiosos del corazón? ¿Qué sabe del amor real de Dios, o de la presencia del testimonio del Espíritu en su corazón de que es hijo de Dios? En realidad, nada. Nunca ha ido más allá de sus tendencias de los sentidos. Naturalmente no ha dado aún los primeros pasos hacia el desarrollo de los afectos celestiales del corazón. Por consiguiente sólo disfruta en lo que es terreno. Su corazón está aquí abajo. Pero a medida que se niega a sí mismo va dándose cuenta y ajustándose a su naturaleza espiritual.

 

2. Es una cosa grande y bienaventurada para el cristiano el hallar que su naturaleza va siendo conformada más y más, de modo progresivo, en Dios; el hallar que va avanzando por el buen camino y ajustándose, bajo la gracia divina, a las demandas de la benevolencia.

 

3. Si se persiste en llevar la cruz el resultado es un ambiente maduro espiritualmente. El alma anhela intensamente las manifestaciones espirituales y ama la comunión con Dios. Se le oye decir: ¡Cuán hermoso es el recuerdo de aquellas escenas en que mi alma estaba en quietud delante de Dios! ¡Cómo gozaba mi alma de su presencia! Ahora me doy cuenta de un vacío doloroso en mí, a menos que Dios esté conmigo.

 

4. Cuando los hombres se dedican a buscar el placer como un objetivo, sin duda van a fracasar en conseguirlo. Toda búsqueda así es necesario que sea vana. La benevolencia lleva al alma más allá de sí misma, y la dispone a hacer la felicidad de los otros. Sólo entonces se consigue la propia.

 

5. Tu utilidad como cristiano dependerá de que lleves tu cruz y de tu firmeza en este curso de vida; porque tu conocimiento de las cosas espirituales, tu vitalidad espiritual, tu comunión con Dios, y en una palabra, tu ayuda del Espíritu Santo, dependerá de la fidelidad con que te niegues a ti mismo.

 

6. Si has conocido una vez la bienaventuranza de la vida espiritual, y si tu corazón ha sido mezclado a la imagen de lo celestial, no puedes volver a las ollas de Egipto. Ya no hay la posibilidad de que goces de las cosas terrenas como porción de tu alma. Esto ya está establecido. Abandona al instante y para siempre todo pensamiento de hallar tus goces en los regalos egoístas y mundanos.

 

7. A los jóvenes quiero decir: vuestras sensibilidades son vivas, y se inclinan a las cosas mundanas. Ahora es el momento de alejar con mano firme al espíritu del mimo y la complacencia personal, antes de que haya ido demasiado lejos para que puedas dominarlo. ¿Te sientes tentado a ceder y tratarte con la manga ancha? Recuerda que es una ley inalterable de tu naturaleza que debes buscar tu paz y bienaventuranza en Dios. No puedes hallarlo en ninguna otra parte. Has de tener a Jesús por amigo o carecer de amigos para siempre. Tu misma naturaleza exige que busques a Dios como tu Dios -- como Rey de tu vida --, la Porción de tu alma para la felicidad. No puedes esperar que pueda ser tal para ti a menos que te niegues a ti mismo, tomes tu cruz diariamente y sigas a Jesús.

 

8. A los que estando todavía en vuestros pecados no podéis concebir cómo podéis gozar de Dios, y no podéis imaginaros cómo puede el corazón adherirse a Dios, y llamarle mil nombres cariñosos, y verter vuestro corazón en amor a Jesús, permitidme que os pida que consideréis que una comunión así con Dios existe, que hay un gozo así en su presencia, y que podéis tenerlo al precio de negaros a vosotros mismos y de una devoción total e íntegra a Jesús; no de otra manera. Y ¿por qué no hacéis esta decisión? Ya decís: Toda copa de placer mundano está vacía, seca, inútil. Dejadla, pues, soltadla. Desprendeos del mundo y elegid un goce más puro, mejor y que permanece para siempre.

 

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